La hebra en la tela

Flavio Hugo Ruvalcaba Márquez es mexicano y Doctor en Derecho. Ha cultivado los géneros de novela, cuento, ensayo, poesía y crónica cultural. Es autor de las novelas El descanso del cambio, Las alas del árbol y La purísima desnudación de las notadas. La crónica cultural se ha reunido en la obra La lupa de Dalí. Su tesis doctoral se denomina Los dogmas y tabúes como fuentes del Derecho. Ha publicado poesía bajo el título La hebra en la tela. flamarel-8@hotmail.com

Monday, November 12, 2007

LOS PRISIONEROS ILUMINADOS

El día es nuestra diaria reclusión de luz. Apenas unas nubes, unos cerros sobre el nivel del mar, un bosque no tupido, unas paredes y el horizonte curvo podemos observar. El mismo Sol se niega a ser mirado y es un muro impenetrable. El día es nuestra diaria reclusión de luz y en ella los humanos somos los prisioneros iluminados. El día es nuestra diaria reclusión de luz, la hora donde estamos despiertos y nos sentimos cómodos, de aquí para allá, de allá para acá, en las oficinas y en los talleres, en las fábricas o en los automóviles o en una taberna, de aquí para allá, viviendo y trafagando y batallando de allá para acá. El día es nuestra diaria reclusión de luz y con un poco de saber lo que miramos creemos que ya somos seres libres herederos del Siglo de las Luces y de la Libertad. Pero llega la noche y se borran las nubes. Llega la noche y se pierden los senderos. El bosque, las paredes, el horizonte curvo son apenas la sombra de los vecinos, y difícilmente nos vemos la punta de los pies. Ante la escasa visibilidad levantamos los ojos hacia el cielo y allí están: cientos de miles de millones allí están: miles de millones de billones allí están: las estrellas que no estaban allí están, con sus incendios titubeantes en su inmensa propiedad de luz, miles de millones de galaxias que no estaban allí están, ante los telescopios o a la vista están allí, diseminadas o en grumos, misteriosas en el cielo finito o infinito están allí. No siento el espanto de Pascal. Más bien una como calma y el sosiego, una inmanencia al salir de mi cárcel, disfruto esta quietud, esta amplitud, la placidez al dejar la diaria prisión que nos enerva donde picamos un cascarón convexo y nos contagia la ceguera de Homero, de Demócrito y de Borges. En lo más profundo de la noche los ojos nos dan el infinito, lo eterno, el absoluto, las preguntas, y el espíritu me pone en mi lugar: soy esta arena, una frágil ramita, un ego insoportable pero soy libre, libre, libre por fin del día, de mi prisión de luz que no me deja ver. Y con el espíritu hacia fuera y el cuello en lo redondo, al margen de respuestas puedo sentir el Todo abarcando este creador Silencio y la piel se me riza y sudo estrellas cuando con claridad nocturna me doy cuenta que en el finito o infinito cielo sin necesidad de morir estoy adentro. *

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