AMANECE
(Fotografías tomadas desde el balcón de la casa del autor la madrugada del viernes 9 de enero de 2009)Flavio Hugo Ruvalcaba Márquez es mexicano y Doctor en Derecho. Ha cultivado los géneros de novela, cuento, ensayo, poesía y crónica cultural. Es autor de las novelas El descanso del cambio, Las alas del árbol y La purísima desnudación de las notadas. La crónica cultural se ha reunido en la obra La lupa de Dalí. Su tesis doctoral se denomina Los dogmas y tabúes como fuentes del Derecho. Ha publicado poesía bajo el título La hebra en la tela. flamarel-8@hotmail.com
(Fotografías tomadas desde el balcón de la casa del autor la madrugada del viernes 9 de enero de 2009)
(Vegetación típica del altiplano mexicano. Fotografía tomada a contraluz el 3 de enero de 2009)
(Un mezquite rodeado de huizaches, cactáceas y pastizal típicos del oriente del Estado de Aguascalientes, México. Imagen tomada la tarde del 3 de enero de 2009)
Los árboles son la sustancia antípoda a nosotros,
la más diferente, nuestra antítesis dialéctica.
Ni siquiera de las ostras nos hallamos tan lejos.
Todos están fijos como por un clavo,
odian andar y evitan los aviones;
nosotros tenemos la libertad de los caminos
que es la desgracia de los ingenuos y de los extraviados.
El hombre piensa y habla rápido, al instante;
los árboles meditan durante cien años
y hablan y cantan hasta después de muertos.
Los humanos soñamos que soñamos;
ellos se comen a los sueños
y regurgitan hojas, flores, frutos
o madera para la cuna de los niños, para los violines,
los féretros,
los libros.
Los árboles sirven y son siempre buenos (lo dicen los pájaros);
el hombre pretende servir y busca el Bien
mas lo consigue poco a poco,
de vez en cuando,
a regañadientes,
y una vez muerto no ayuda casi nada.
Los árboles se pulsan uno solo, siempre el mismo,
aunque son muchos en el bosque;
en cambio, los humanos sentimos un yo rodeado de diversos,
a pesar de ser Uno, sólo uno, refractado en los otros.
La soberbia nos asemeja a Dios, nos emparienta
(lo que no le provoca ninguna gracia);
los árboles son simples, humildes,
y de Dios no tienen la mínima opinión
a pesar de ser sabios y de linaje antiguo.
Los hombres comen carne y beben sangre;
los árboles toman agua, sólo agua, y comen tierra, un poco de tierra.
Pero la mayor diferencia, la más extraordinaria,
es que los árboles
son felices todo el tiempo
sin engaños, sin hipocresías, sin frivolidades,
no saben de egoísmo, de soberbia ni de miedo
y por sus ramas suelen reírse de sí mismos.
Los árboles son la sustancia antípoda a nosotros,
la más diferente, nuestra antítesis dialéctica.
La historia de la Humanidad, su ética y axiología,
ha sido su inmensa lucha por convertirse en árbol.
Si de verdad es, si Dios realmente existe,
es preciso, justo y necesario que se parezca a un árbol.
*
(Mascarilla mortuoria de Amado Nervo, fallecido el 24 de mayo de 1919 en el Parque Hotel de Montevideo, Uruguay; fue realizada por el escultor uruguayo José Luis Zorrilla de San Martín, directamente del rostro del poeta. Esta es una de la diez mascarillas que el artista reprodujo del yeso negativo. Fue adquirida en 2001 en la Ciudad de México. Conserva la pátina que le fue aplicada. A finales del siglo pasado el original llegó a manos de Octavio Paz, sin que se conozca actualmente su destino)
(Mascarilla mortuoria de Amado Nervo, fotografiada en tres cuartos de perfil izquierdo)
(Típica imagen de alguien que se ríe de sí mismo, en su ignorancia y ante las adversidades de la vida. En la pared occidental se observa la pajarera a que puntualmente acuden por las mañanas los alegres visitantes de la casa)
Docto señor era Aristóteles cuando afirmaba
que la felicidad consiste en la virtud en práctica
y en tener una reserva de bienes suficientes
que nos hagan magnánimos y más independientes.
Su lógica, la sindéresis, me parecen correctas
y suscribo sin ambages estas sabias propuestas.
Pero mantengo dudas de si son suficiente la felicidad reclama algo más de las mentes.
No todos los seres virtuosos son siempre tan felices
y algunos sienten su vida unamunamente triste.
Otros hacen de la virtud la celda del temor
y practican el bien sólo para la premiación.
A pesar de todos los dones que canta en su laúd
hay infelices virtuosos en plena juventud.
El dinero no garantiza la buena existencia
ni nos quita el dolor, el hartazgo o la tragedia.
Y en el extremo observamos curtidos pecadores
que van por el curvo mundo contando sus primores
sin que ninguna autoridad familiar o eclesiástica
los convenza que el pecado es la tristeza del alma.
Por lo tanto, hay algo en el motor de nuestras vidas
que fue impenetrable al examen del estagirita.
Pensemos al revés: sabemos que la infelicidad
tiene tres bocas: el miedo, el egoísmo, la vanidad.
La felicidad depende de las tres coyunturas.
Esas apetencias no duermen, no descansan nunca,
piden noche y día, como el estómago de un ogro,
abriendo y cerrando, cerrando y abriendo su antojo.
Es inútil detenerlas pues son naturaleza
y la civilización les da mayor consistencia.
No es posible desaparecer esas tercas hambrunas
pero sí podemos luchar contra sus desmesuras:
morigerar el miedo, la vanidad, el egoísmo,
y sobre todo, reír siempre de nosotros mismos.
Docto. señor era Aristóteles, no cabe duda.
Su Ética a Nicómaco es estar entre columnas.
*